Hace unos años estaba garantizado que el lugar del docente era el del saber y
el poder, ahora, muchas veces, la autoridad del docente no es reconocida por los
alumnos.
La autoridad y el poder están estrechamente relacionados, siendo ambos
componentes de las relaciones de individuos y grupos. Para Bourdieu y Passeron
la acción pedagógica se vale de relaciones de fuerza para imponer
representaciones que se hallan al servicio de la clase dominante, constituyendo
una forma de violencia simbólica. La autoridad pedagógica se presenta como un
derecho de imposición legítimo de quien educa, por lo que está necesariamente
implicada en la acción pedagógica. Foucault (1975) denominó a la escuela junto
con las fábricas, hospitales y cárceles instituciones de secuestro,
atribuyéndoles un tipo de poder donde la disciplina se considera fundamental. En
ellas, además de órdenes, se toma el derecho de enjuiciar, castigar o
recompensar a sus miembros, siendo algunos aceptados y otros expulsados. La
vigilancia, el control y la corrección son característicos de las relaciones de
poder que existen en esas instituciones.
Hasta hace unos años podría decirse que padres y docentes personificaban para
el alumno la autoridad conferida por la sociedad. Últimamente, tanto docentes
como padres plantean que sus alumnos o hijos no los respetan, manifestando su
impotencia para transmitir las enseñanzas y directivas correspondientes. A
veces, algunos docentes temen caer en posiciones autoritarias confundiendo
autoritarismo con autoridad. Sin embargo el autoritarismo se manifiesta como
defecto en el ejercicio del poder, pues se basa en un poder arbitrario donde
alguien se erige en el lugar de la Ley. El docente autoritario sitúa su práctica
en el eje dominación-omnipotencia, es decir, intenta dirigir esperando solo
sumisión y obediencia, desconociendo al alumno en su alteridad. Uno de los
recursos más utilizado por un docente autoritario suele ser la intimidación que
puede generar tanto, miedo a la sanción disciplinaria, a repetir de grado, como
por el contrario, generar ira, desobediencias o actos de violencia.
También el que "deja hacer", porque no se puede constituir como autoridad es
promotor de situaciones de desorden, apatía y violencia. El exceso de
permisividad cuando no se toma en cuenta una ley que organice lugares, marque
diferencias, pueda llevar a naturalizar cualquier situación. Tanto la posición
laissez faire como la autoritaria obstaculizan la constitución de un sujeto
autónomo y responsable.
La puesta de límites para favorecer el aprendizaje pasa a ocupar un lugar
central, que deriva en excesos e insuficiencias y conduce a la cuestión de la
disciplina. La palabra disciplina tiene un doble significado estrechamente
vinculado a lo educativo. Hace referencia tanto a las áreas del conocimiento,
como a las reglas que mantienen el orden y la obediencia. Un aspecto positivo de
esta acepción relaciona la disciplina con una forma de autodominio, que permite
a un sujeto conducirse de tal manera que alcance sus metas a pesar de los
obstáculos. Alude al esfuerzo, al trabajo, a la constancia que son necesarios
asumir, para apropiarse de los conocimientos. En su aspecto negativo la
disciplina se orienta más a enseñar a obedecer que a ayudar a reflexionar. Tanto
en la familia como en la escuela la prohibición, la censura y el castigo suelen
ser los métodos pedagógicos privilegiados.
Ante una situación en la que el docente decida sancionar, sería importante
diferenciar entre un mero castigo y una acción que pudiera tener una finalidad
educativa. La urgencia en tomar una medida disciplinaria, la creencia en el
castigo ejemplificador, puede tener efectos indeseados. ¿Por qué no tomarse un
poco de tiempo para evaluar la situación? Dar lugar a la duda aceptando la
incertidumbre que provocan las situaciones complejas posibilita también
reflexionar, con otros, sobre diferentes alternativas de solución.

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